San Cristóbal y lo sexual

En la iglesia de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, hay un cuadro monumental de San Cristóbal que siempre me ha detenido. El gigante, apoyado en un tronco descomunal, atraviesa un río llevando al Niño Jesús sobre los hombros.

La escena, reproducida en la iconografía cristiana durante siglos, parece inocente. Pero a poco que uno mire, revela un espesor simbólico que apenas cabe en la superficie de la imagen: un relato sobre la carga que representa la infancia y sobre cómo ese peso funda el inconsciente.

La tradición cristiana que da origen a esta imagen cuenta que Cristóbal, un gigante que buscaba servir al señor más poderoso del mundo, acabó ayudando a los viajeros a cruzar un río peligroso. Un día cargó a un niño que se volvió cada vez más pesado hasta casi hundirlo en la corriente. Al llegar a la otra orilla, el niño se reveló como Cristo y le dijo que no solo había cargado con él, sino con el peso del mundo entero. 

Como prueba, el niño pidió al gigante que clavara su bastón en la tierra: al día siguiente, el tronco seco había florecido. Es esta historia —no visible en el cuadro, pero decisiva para entenderlo— la que convierte el gesto físico del cruce en un acto cargado de sentido.

El bastón

Lo primero que golpea la mirada es el bastón, que no es un bastón sino un árbol arrancado, un tronco erguido y áspero. Este tronco se hunde en el lecho del río, en esa grieta húmeda que el cuadro muestra como hendidura, como apertura de la tierra. 

El cruce del gigante, con su descomunal bastón, recuerda al coito: el empuje del cuerpo enorme del gigante, la tensión muscular, la respiración suspendida en un acto que es simultáneamente tránsito, esfuerzo y peligro.

En mitologías antiguas, este gesto aparece con fuerza brutal y primigenia. En la Teogonía de Hesíodo, Urano, el cielo, penetra a Gea, la tierra, cada noche, cubriéndola por completo, fecundándola sin dejarle espacio para dar a luz. Es el acto sexual como dominación cósmica. Gea, en su dolor, trama la castración de Urano. El mito es explícito: el orden del cosmos nace de una violencia sexual primitiva.

Pero en el cuadro de San Cristóbal, esa violencia ha sido sublimada de un modo interesante. El falo del gigante no hiere ni oprime: abre camino y sostiene, y cuando “Cristo” —el ungido— le promete una prueba, ese falo sublimado florece. Donde antes había violación, ahora hay milagro. Donde había semen y sangre, hay brotes y vida.

El pasaje sagrado

En mitología, el río suele representar el umbral entre la vida y la muerte, la ignorancia y la revelación. El cristianismo convierte el cruce del río en metáfora de salvación. Pero la iconografía conserva lo que el dogma silencia.

El cristianismo, al igual que toda religión, hereda símbolos antiguos que no puede borrar del todo. Pensemos en la figura fálica que antes marcaba los pasos y entradas en las ciudades griegas, las hermas. Estos pilares con rostros y falos erectos reaparecen aquí transformados. Allí el falo era el del propietario; aquí es el del viajero. Pero la estructura simbólica es la misma: el falo marca, orienta y media el pasaje.

San Cristóbal, entonces, ocupa el lugar de Hermes. Pero es un Hermes cristianizado: ya no es travieso ni abiertamente sexual, sino servicial y penitente. Es un Hermes protector. De hecho, este cuadro, pintado al parecer a finales del siglo XIX, está dedicado a alguien por su labor protectora de la iglesia. Al contrario que otras representaciones de San Cristóbal, el pintor parece haber introducido un segundo niño, escondido en el pecho del gigante. Un niño que este sujeta y protege con el brazo izquierdo.

El Niño como peso y como inconsciente

El nombre Cristóbal viene del griego Cristóforos, “el que lleva a Cristo”. En la leyenda, el niño se vuelve cada vez más pesado a medida que el gigante avanza en el agua. Cuando por fin llegan a la otra orilla, el Niño revela que él es Cristo, y que Cristóbal ha cargado sobre sus espaldas el peso del mundo.

Desde una lectura psicoanalítica, la imagen da un vuelco: llevar al Niño es llevar la infancia dentro, esa infancia que siempre carga consigo el peso de la implantación adulta, del tronco que se planta en la tierra, del mensaje enigmático que funda el inconsciente. Llevar al Niño es llevar la herida de la propia inocencia vulnerada. El inconsciente es el producto de un abuso estructural, de una sexualidad adulta que irrumpe en el niño.

Por eso la carga pesa. Pesa más que el mundo. Pesa hasta hundir al gigante —es decir, al adulto. El Niño es la salvación porque representa esta verdad.

La virtud del cristianismo

El cristianismo no es perfecto, evidentemente, pero es la única religión que convierte a un niño en objeto central de adoración. Hay dioses-niño en otras tradiciones —Krishna, Horus—, pero ninguno es objeto de culto como niño, ni es símbolo de inocencia absoluta. Mucho menos es Dios.

El Niño Jesús es algo inédito: la vulnerabilidad convertida en omnipotencia. Y al mismo tiempo, para cualquier persona que ha cruzado este río, el niño es también el peso del parentesco, el vínculo y la responsabilidad que surgen del acto sexual. El cristianismo eleva ese peso a categoría divina.

San Cristóbal no carga solo a Cristo: carga la culpa por la sexualidad, la inocencia perdida, y el peso de un recién nacido como consecuencia del cruce. El cuadro, en su silencio, lo dice todo.

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