La educación obligatoria forma parte de un Estado-nación moderno y liberal en el que pueden coexistir una diversidad de creencias o ideologías. La obligatoriedad, en este sentido, se entiende como un mal necesario para una sociedad libre, tolerante e igualitaria.
Pero, ¿y si te dijera que no es liberal obligar a los demás a ser liberales? Irónicamente, la educación obligatoria convierte al Estado moderno en algo similar a la religión cristiana que afirma haber sustituido. Para verlo, permíteme una pequeña lección de historia — de asistencia voluntaria, por supuesto.
1. La alfabetización vino antes, no después, de la escolarización
Si preguntas a la gente por qué la escuela es obligatoria, rápidamente responderán: «Porque los niños tienen que aprender a leer y a escribir». Este supuesto es tan profundo que apenas se percibe como tal. Sin embargo, la historia se niega a cooperar con él.
En realidad, la alfabetización no vino de las escuelas; fueron las escuelas las que vinieron de la alfabetización. Mucho antes de que cualquier Estado europeo obligara a los niños a acudir a las aulas, grandes grupos de personas ya leían, discutían, publicaban panfletos, formaban clubes y participaban en el debate público. La imprenta había sido inventada a mediados del siglo XV y acercado el conocimiento a las masas, en lugar de quedar reservado a una estrecha élite clerical y aristocrática.
Esta es la condición que hizo posible la Ilustración y las grandes revoluciones modernas. Allí donde los textos y la lectura circularon libremente, surgió la libertad política. Por eso ocurrieron las Revoluciones francesa y americana: no porque Rousseau o Paine fueran a la escuela, sino porque Rousseau leyó a Montaigne y Paine leyó a Locke.
En cambio, allí donde la lectura fue institucionalizada, la revolución no ocurrió. Este fue el caso de regiones luteranas como Alemania, Suecia y Finlandia, donde se obligaba a los niños a aprender a leer la Biblia porque la salvación dependía de ello. Los padres estaban obligados a enseñar los catecismos, y los pastores examinaban la alfabetización mediante la confirmación. Estas prácticas aún no constituían escolarización, pero sentaron sus bases morales e institucionales.
Lo cual nos lleva a la segunda ironía.
2. La escuela fue inventada para detener el liberalismo, no para difundirlo
Muchos imaginan que la escolarización nació de la Revolución francesa, como una consecuencia natural de la libertad, la igualdad y la ciudadanía secular. Pero esto es históricamente falso.
Francia no hizo obligatoria la escolarización primaria hasta la década de 1880, casi un siglo después de la Revolución. El primer sistema moderno de escolarización obligatoria surgió en Prusia, en 1717, y fue diseñado explícitamente para cohesionar y defender la nación ante la amenaza del liberalismo francés.
Las élites prusianas comprendieron que ya no se podía confiar en una población alfabetizada. Su solución fue sencilla: forzar a los niños a leer lo correcto. La escuela obligatoria se apoyó en la disciplina luterana, pero ahora sistematizada. Dios, el Rey y la Nación quedaron por primera vez fusionados en un único programa educativo estatal.
Así, la segunda ironía es esta: la institución que hoy utilizan las democracias modernas para enseñar valores liberales fue creada originalmente para suprimirlos. Como Prusia, Francia acabó imponiendo la educación obligatoria para garantizar su propia cohesión social, una vez que el impulso revolucionario incial mostró sus límites.
Lo cual nos lleva a la tercera y última ironía.
3. ¿Liberales en qué, exactamente?
Hoy, el «Estado liberal» surgido de las revoluciones modernas parece haber tenido éxito. La sociedad tolera una diversidad extraordinaria de creencias y estilos de vida. Se anima a todos a pensar y elegir por sí mismos. La educación en casa (homeschooling) está cada vez más aceptada en lugares como Estados Unidos, Finlandia y Argentina.
Pero este liberalismo se derrumba en un punto preciso —un punto que el Estado secular comparte con la religión que lo precedió: la educación sexual.
De repente, observamos una ansiedad por impartir a los niños una educación en estas materias mucho antes de que sean individuos sexualmente maduros. Incluso quienes optan por la educación en casa lo hacen a menudo porque consideran que a sus hijos se les están enseñando ideas equivocadas sobre el género. Aquí, el Estado liberal y tolerante se vuelve muy intolerante, y esta lógica aparece incluso en las acciones de quienes lo cuestionan.
Pero, en el fondo, nada de esto es nuevo. Es la misma lógica que en el pasado obligó a los niños a leer las Escrituras, antes de que la lectura pudiera cuestionar la autoridad del Padre y el rol de la Madre en la familia tradicional cristiana. Es la misma lógica que aplicó Prusia cuando surgieron las primeras escuelas, y es la misma lógica inconsciente que hoy impulsa la escolarización y la política.