Muchos hombres hoy en día se quejan del colapso de la sociedad occidental. Las mujeres, dicen, ya no los respetan. La familia está en crisis. Los niños crecen sin padres, si es que llegan a nacer. La inmigración les preocupa, especialmente la de países islámicos. “Esta gente atrasada,” dicen, “no respeta las libertades que tanto nos han costado. Si los dejamos entrar, no pasará mucho tiempo antes de que nos reemplacen.”
Esta posición sufre de una contradicción fundamental: la cultura occidental es considerada superior porque en ella los individuos, hombres o mujeres, son libres e iguales ante la ley; sin embargo, cuando esa misma libertad afecta a la familia, de repente se toma como prueba de nuestra inferioridad. Una cultura en la que las mujeres pueden desarrollar su proyecto vital sin (estos hombres como) Padre es considerada enferma y vulnerable a influencias externas. Así, los individuos no deberían ser realmente libres, sino seguir sometidos a antiguas normas sobre el uso de los genitales.
En mi opinión, estas ideas reflejan una profunda inseguridad, además de una falta de comprensión sobre lo que representa Occidente. En cierto modo, la historia de Occidente ha consistido en gestionar la ansiedad provocada por la pérdida de autoridad paterna sobre la sexualidad y la reproducción femenina. Vista desde esta perspectiva, la situación actual de la sociedad puede no ser saludable, pero tiene pleno sentido: es la continuación de ese avance histórico hacia un mundo de adultos —de individuos ya no gobernados por padres reales o simbólicos.
Moisés y el padre desplazado
La raíz del imaginario occidental se encuentra en relatos como el de Moisés en la Biblia hebrea. Esta historia no trata solo de la liberación de un pueblo; también es un romance familiar, que plantea de inmediato una pregunta: ¿dónde está el padre de Moisés? Basta con mirar el relato; el hombre no aparece por ninguna parte.
El Faraón, en cambio, sí está. Este teme el crecimiento del pueblo hebreo, así que ordena la muerte de sus recién nacidos. En respuesta, la madre de Moisés, Jocabed, esconde a su hijo; lo deja flotando en el Nilo, y es rescatado y adoptado por la misma hija del Faraón. El niño sobrevive gracias a las acciones de mujeres que desafían la tiranía paterna. Moisés crece en la casa del Faraón, solo para regresar más tarde y derrocar a este padrastro vil con la ayuda de una figura paterna más poderosa y lejana: Dios.
La historia de Moisés prefigura el motivo occidental del hijo elevado: el niño abandonado o amenazado por el padre, que es preservado por la madre, y que regresa como liberador. A diferencia de muchas otras mitologías, ya no se trata de una batalla vigorosa entre dioses poderosos, algo que gusta más a los hombres. Se trata de un drama humano, situado en familias y hogares reales. Esta feminización o humanización del mito antiguo marca algo distintivamente judío, y prepara el terreno para el cristianismo.
El cristianismo y el triunfo del hijo
Hoy muchos jóvenes miran al cristianismo en un intento de formar familias. Intelectuales famosos como Jordan Peterson capitalizan esta ansiedad, invocando a un Dios masculino que impone orden frente a un caos femenino. En esta narrativa, el cristianismo es lo que impidió la decadencia de Occidente: santificó la familia monógama, estableció una jerarquía social “natural”, y proporcionó un marco moral que equilibraba libertad y responsabilidad.
Sin embargo, la ingenuidad de este argumento salta a la vista. Si lo que importa es el orden paterno y la responsabilidad, el islam también afirma equilibrar libertad y ley en sus propios términos. ¿Por qué no convertirse al islam? Aquí, estos hombres ilustrados recurren a otro argumento: que la superioridad de nuestra cultura radica en su la apertura a la razón y al cuestionamiento. Pero si ese es el caso, entonces el cristianismo también debe estar abierto al cuestionamiento. Y cuando lo examinamos históricamente desde esta perspectiva, la ironía se vuelve aún más clara.
El cristianismo surgió como una religión de esclavos, mujeres y marginados —personas que no eran padres de familia, sino dependientes dentro de ellas. Su “libertad” no era la libertas del paterfamilias romano, sino más bien lo contrario. Y su arquitectura simbólica refleja esto.
De hecho, no hace falta buscar mucho para ver qué distingue al cristianismo del islam y otras religiones: Jesús no es un patriarca, sino un hijo —célibe, virginal, eternamente infantil. Su enseñanza no refuerza el poder del padre, sino que lo relativiza, disolviendo el parentesco en una nueva comunidad: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Señalando a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mateo 12:48–50)
Este sentimiento proviene de una hostilidad hacia el parentesco mismo. Jesús lo hace explícito cuando declara: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo”. (Lucas 14:26). Tales palabras resultan chocantes si se las mide con la reverencia que la mayoría de las culturas aplican a los padres. Muestran que el cristianismo no solo subordina la familia a Dios, sino que rompe activamente el lazo sagrado entre padres e hijos. Esta hostilidad, claramente, no fue una invención de los Padres de la Iglesia. Fue una adaptación de un tema que los romanos habían heredado de la antigua Grecia.
De Yocasta a María
El mito griego ya había dramatizado el conflicto entre padre e hijo en el acto mismo de la creación cósmica; sin embargo, nada lo ilustra con mayor claridad que la historia de Edipo. Probablemente este relato constituya el núcleo de toda la literatura y cultura popular occidentales, desde la Biblia hasta Star Wars, con su pregunta eterna: ¿quiénes son mis verdaderos padres? (Sófocles, Edipo Rey).
La historia comienza en Tebas, cuando el rey Layo, temiendo ser desplazado, ordena exponer a su hijo recién nacido. Su esposa Yocasta obedece, pero el niño sobrevive con la ayuda de un pastor. Edipo crece en Corinto creyendo ser hijo de Pólibo y Mérope, los gobernantes locales, hasta que un oráculo lo empuja de regreso hacia Tebas. En el camino, Edipo mata “sin saberlo” a su padre Layo. Luego, Yocasta, también “sin saberlo”, recibe a su hijo en su lecho. Edipo, ya rey de Tebas, descubre la verdad y es condenado, mientras Yocasta se quita la vida. Madre e hijo son destruidos bajo el peso del padre muerto, cuya Ley de parentesco —la prohibición del incesto— continúa gobernándolos.
El cristianismo santifica la alianza incestuosa de Yocasta con Edipo en la figura de María. No hay que olvidar que el cristianismo surgió en el imperio helenístico, oponiéndose a la tradición patriarcal judía. En Jesús, el hijo desplaza al padre por completo, sin condena. Se vuelve “uno con el Padre”, y la Madre es absuelta del crimen incestuoso gracias a su virginidad. El papel del padre se disuelve en la distancia: no hay ya un Layo amenazante, solo un Dios trascendente. Sin embargo, este Dios sigue representando una figura paterna, aún por encima de las mujeres.
Con el cristianismo, no se produce una regresión a las estructuras matriarcales que precedieron a la civilización, sino algo nuevo: una religión centrada en el niño. El crimen que destruyó a Edipo y Yocasta es elevado simbólicamente: la madre orbitando alrededor del hijo-padre en el rol de esposa-hija. La virginidad de María también la convierte en niña, liberada hasta cierto punto, pero todavía bajo la mirada distante del Padre que está en el cielo.
Papá ha muerto
La famosa declaración de Nietzsche, “Dios ha muerto”, fue un eco poético de algo más profundo. Lo que había estado muriendo durante siglos no era Dios como tal, sino el Padre, la figura que se interponía entre una mujer como Lou Andreas-Salomé y su libertad sexual.
Donde Layo buscó controlar el vientre de Yocasta, donde el Dios de José se cernía sobre María, hoy ya no queda ninguna figura semejante. El largo arco que va de Atenas al cristianismo y de ahí a la modernidad culmina con la hija enfrentándose a la falta de esa Ley, descubriendo su propia capacidad de elegir.
Esta no puede ser una transición fácil. El colapso del padre no produce inmediatamente claridad; genera confusión, exceso y desorden simbólico. Muere también “Mamá”. Queda un vacío donde el deseo, la identidad y la reproducción se renegocian de manera inestable.
Algunos fenómenos contemporáneos resultan, por ello, genuinamente perturbadores: la negación de las diferencias sexuales, la presión ejercida sobre niños inmaduros acerca de su identidad sexual, la persecución de hombres por parte de mujeres “empoderadas” por el Estado laico. Hay, sin duda, una forma de locura aquí. Por eso los hombres que mencioné al principio no se equivocan del todo.
Sin embargo, creo que se equivocan al identificar la causa del mal y su remedio. Lo que está colapsando no es la civilización occidental, sino los últimos restos de una estructura paterna que el propio cristianismo ya había vaciado por dentro. Lo que queda es una tarea mucho más exigente: un mundo de adultos que asumen la propiedad individual de sus órganos reproductores.