Estamos muy contentos —y gratamente sorprendidos— de que nuestra escuela local permita que nuestra hija “educada en casa” asista a clase de vez en cuando. A diferencia de lo que muchos piensan, Siela tiene muchos amigos allí; no sufre acoso ni discriminación, sino todo lo contrario.
Sin embargo, este nuevo fenómeno parece estar provocando una pequeña revolución en la mente de los niños, que conocen a Siela como “la de la escuela en casa”. El otro día, una niña le soltó: «Te crees que eres guay, pero no eres».
Es una frase de esas que todos hemos escuchado en el patio del colegio, pero en este caso revela mucho sobre lo que la sociedad enseña.
A los niños se les inculca desde muy temprano la idea de que la escuela es el mundo, no un servicio social. Todos deben ir al colegio, no tanto por educación o conveniencia, sino por realidad. Así que, cuando aparece alguien que no asiste, esta niña pudo sentir algo más cercano a la confusión metafísica que a la curiosidad. Le costó imaginar que Siela pueda existir fuera de las reglas que definen la existencia, la pertenencia y la identidad.
A diferencia de una niña de cinco o seis años, esta niña escolarizada ya no ve la libertad de Siela como algo natural. La interpreta mediante un lenguaje moral incipiente: ser guay.
Ser guay —o ser cool, en inglés— es tener una frialdad deseable. Para los niños de escuela, es una manera aceptable de ser mejor que los demás, antes de que el concepto del bien y el mal tenga sentido. Así que, cuando esta niña acusó a Siela de “creerse guay”, en realidad estaba defendiendo los límites del mundo en que la están metiendo —un mundo pequeño y miserable donde todo son apariencias. Desde su perspectiva, la situación de mi hija parece ya algo casi imposible. Siela podría ser la semilla de un adulto privilegiado, alguien como Melania Trump, que hace lo que le da la gana y lo llama libertad. Pero no se puede ser tan guay.
Y tiene razón: Siela no es guay. Es “diferente” del mismo modo en que seguramente lo fue la propia niña cuando alguna mañana lloró porque no quería ir al colegio. Y entonces le dijeron que debía ir —que era su deber, o que así hacían todos— en lugar de algo más honesto, como: «Me da vergüenza lo que pensarán de mí si no te llevo».
Y así fueron padres e hijos, cada uno a su respectivo lugar de trabajo, a intentar o evitar ser guay. Como sus padres, la niña hablaba el lenguaje del Otro, pero con más consciencia. Como alguien que todavía sabe lo que es ser guay, o mala, aún está con un paso fuera de la Nación, de ese debate hastiado de los adultos entre el privilegio y la igualdad.
«Te crees que eres guay, pero no eres». Un insulto infantil, y la pura verdad.
I’d imagine this item could be the same from any Western country. But after years of experience in being regarded as a bit of a maverick myself, even from my teens, I’ve learned to smile back at those who show disapproval, accuse me – not of being cool – but 9f being uncool, or at least of something considered negative…. and I reflect with my smile that Socrates was called a gadfly…
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