Sócrates está en prisión esperando su ejecución, y está haciendo algo que nunca había hecho antes: escribir poesía. Cuando sus amigos le preguntan por qué, explica que siempre había tenido un sueño, una voz que le decía que “cultivara y practicara la música” (Fedón 60e).
Sócrates siempre había supuesto que, por “música”, el sueño se refería a la filosofía, la forma más elevada de música; pero
después del juicio, mientras la fiesta del dios demoraba mi muerte, pensé que, por si acaso el sueño me ordenaba hacer música en el sentido común, no debía desobedecerlo, sino componer. (Fedón 60e–61b)
Durante toda su vida, no había necesitado otra música que la filosofía. Razón y canto eran la misma cosa. Pero algo ocurrió en el juicio que las separó, algo que exigía obediencia.
Así que Sócrates comenzó, en su celda, a componer un himno a Apolo, el dios cuya fiesta había fijado el día de su muerte. ¿Qué fue ese algo? ¿Y por qué la poesía habría de ser distinta de la filosofía?
Donde comenzó: el Eutifrón
El Eutifrón es el diálogo que prepara la escena del juicio. Meleto ha presentado su acusación —Sócrates corrompe a los jóvenes y no cree en los dioses de la ciudad— y Sócrates, camino del tribunal, se encuentra conversando con Eutifrón en los escalones del edificio. Aquí el método todavía está vivo, y Sócrates sigue siendo él mismo cuando pregunta a Eutifrón qué es la piedad.
La razón de la pregunta es evidente. Eutifrón ha venido a acusar a su propio padre de asesinato. Está seguro de saber “lo que piensan los dioses acerca de la piedad y la impiedad” (Eutifrón 4e–5a), y Sócrates está a punto de ser juzgado por no saberlo —o, más bien, por negarse a fingir que lo sabe. Tanto Eutifrón como Meleto han acudido a la ciudad-madre contra un padre: Eutifrón contra el suyo propio, y Meleto contra Sócrates, la nueva figura paterna de los jóvenes.
De modo que, cuando Sócrates pregunta a Eutifrón qué es la piedad, está planteando una pregunta de la que ahora depende más que su propia vida. Socrates profesa ignorancia, por supuesto, y sospecha que por eso le acusan de impiedad y de corromper a los jóvenes: porque no puede creer esas historias de dioses que se pelean y castran a sus propios padres (Eutifrón 6a).
Pero Sócrates concede que Eutifrón debe de ser muy sabio, más sabio incluso que los dioses a los que imita. Y así avanza el diálogo, hasta que la pretensión de Eutifrón queda al descubierto. El método hace lo de siempre: toma a un hombre que se cree sabio y lo deja, como el mismo Sócrates, sabiendo que no sabe nada.
Quién mejora a los jóvenes: la Apología
Cuando Sócrates entra en el tribunal, el humilde e irónico interrogador da paso a un padre orgulloso que se compara con Aquiles y desafía al jurado a matarlo. Usando su método contra el acusador, pregunta: si yo corrompo a los jóvenes, ¿quién los mejora, Meleto?
“Las Leyes”, dice Meleto. (Apología 24d)
Pero las Leyes no son nadie —insiste Sócrates—; las Leyes no pueden enseñar ni criar a un niño. Así que Meleto retrocede: “Los jueces, Sócrates, que están presentes en el tribunal”.
“¿Todos ellos, o solo algunos y otros no?”, pregunta Sócrates.
“Todos ellos”, hasta que Meleto acaba afirmando que toda Atenas mejora a los jóvenes, y que solo Sócrates los corrompe.
“Las Leyes” son la multitud sin rostro, la ciudad misma, que amenaza al único individuo que piensa por sí mismo acerca de la piedad y la impiedad, la justicia y la injusticia:
No serán Meleto ni Ánito quienes me condenen, sino la calumnia y la envidia de muchos, que han destruido antes a muchos hombres buenos y que, creo, destruirán a muchos más. (Apología 28a)
La celda: el Critón
Después de esta acusación de Sócrates contra la ciudad, se emite el veredicto, y la sentencia difícilmente podría ser otra: la muerte. Pero la nave sagrada de la ciudad ha zarpado hacia Delos, y hasta que regrese no puede tener lugar ninguna ejecución: eso sería una impiedad.
Así que Sócrates espera en su celda. Antes del amanecer, su viejo amigo Critón entra a escondidas. Ha sobornado al guardia; tiene una nave preparada, un refugio dispuesto en el extranjero. Todavía hay tiempo para escapar. Pero Sócrates no ha cambiado; necesita razonar sobre la justicia de tal decisión.
Y el razonamiento comienza con la regla por la que siempre ha vivido:
No debemos valorar lo que muchos digan de nosotros, sino lo que diga aquel que entiende de justicia. (Critón 48a)
Él mismo es el hombre que entiende. La ciudad-estado no tiene autoridad. La puerta está abierta y, según su propio principio, debería salir por ella.
Sin embargo, tras mucha deliberación, pregunta a Critón si,
al salir de la prisión contra la voluntad de los atenienses… ¿no hago daño a quienes menos debería dañar? (Critón 50a)
Critón no sabe muy bien qué quiere decir. Entonces, de pronto, Sócrates invoca a las Leyes de Atenas y les permite hablar: las mismas Leyes, la misma multitud, que él acababa de mostrar como las menos preocupadas por mejorar a los niños. Pero ahora las leyes son virtuosas porque le han criado: casaron a sus padres, lo educaron, lo formaron “en música y gimnasia”; y por tanto él es su hijo, y les debe obediencia hasta la muerte.

Las Leyes hablan durante el resto del diálogo, hasta que Sócrates admite:
Esta, querido Critón, es la voz que me parece oír murmurando en mis oídos, como el sonido de la flauta en los oídos del iniciado; esa voz, digo, zumba en mis oídos y me impide oír cualquier otra. (Critón 54d)
Los “iniciados” eran los coribantes, los servidores de Cibeles, la gran diosa Madre, que danzaban al son de sus flautas hasta no poder oír nada más.
Y así llegamos al límite del método socrático. El hombre que estaba dispuesto a pagar por una refutación ahora es incapaz de escuchar. Pregunta a Critón si tiene algo que decir; pero Critón está abrumado, no tiene nada que decir.
Los dos héroes y su arte
Como dije, Sócrates no solo filosofó en el juicio. También se comparó con Aquiles, el héroe de la Ilíada, que puso el honor y la voluntad de los dioses por encima de su propia vida (Apología 28b–d).
Conviene recordar quién estaba detrás de esa elección. La madre de Aquiles era Tetis, la diosa del mar. Fue ella quien lo preparó para la batalla y lloró por él. Fue ella quien pronunció la profecía de que, si mataba a Héctor, su propia muerte vendría poco después. Esta es la historia a la que Sócrates recurrió, en su juicio, para describir su propio drama.
Y en el Critón, la historia regresa en un sueño, en el que una bella mujer vestida de blanco se le aparece y le dice: “Al tercer día llegarás a la fértil Ftía”. Se trata del verso que Aquiles pronuncia en la Ilíada, cuando amenaza con abandonar la guerra y volver navegando a casa —a la vida larga y tranquila que su madre había dispuesto ante él, en lugar de morir joven en Troya.
Pero, como tantas veces sucede en los mitos griegos, el destino de Aquiles no puede evitarse —y, de hecho, “Ftía” suena como la palabra griega que significa perecer. El sueño ofrece a Sócrates el regreso al hogar que los dioses ofrecen a Aquiles. Aquiles lo rechaza; Sócrates no. Ambos perecen.
Esa no es la voz de la filosofía; es la de la poesía.
Sócrates siempre había conocido el peligro. En la Apología, dijo al tribunal que el hombre justo, para sobrevivir, debe mantenerse en la vida privada, pues la ciudad mata a quien la combate en público. Y, sin embargo, Sócrates se había pasado la vida desafiando a la ciudad, a la madre que lo mataría por ello. La poesía siempre estuvo en él; el juicio solo la sacó a la superficie.
¿Qué es la piedad?
En los acontecimientos que conducen a la muerte de Sócrates, el raciocinio había alcanzado un conocimiento prohibido. Todo comenzó en los escalones del tribunal, con una pregunta a Eutifrón que este nunca respondió: ¿qué hace que algo sea “piadoso” y amado por los dioses?
Aquí Sócrates todavía preguntaba con curiosidad, pero la pregunta ya estaba tocando el sensible lugar del que nace la poesía y el mito. ¿Realmente hay dioses que derrocan y castran a sus padres, o más bien adultos que se disputan a los hijos que han engendrado, hijos que deben ser “mejorados” y enculturados hasta la muerte?
No es sorprendente que la ciudad llame “impío” al hombre que se pregunta por todo esto.
Entonces la ciudad dictó su sentencia. Y, viendo que su propia muerte era igualmente “piadosa”, Sócrates dejó de preguntar y permitió que la música respondiera por él.